The Theosophical Society,

Escrituras de Annie Besant

(1847 -1933)
El
pensamiento recto es condición necesaria de la vida recta. La rectitud de juicio es indispensable para
la rectitud de conducta. Ya se nos
presente con el nombre sánscrito, Brahma-Vidya, o con el de Teosofía, derivado
del griego, la Sabiduría Divina viene en nuestro auxilio para realizar ese
doble objeto presentándose a la vez como filosofía racional entre todas y como
religión y ética universales. Hablando
de las Santas Escrituras, un cristiano devotísimo decía una vez que había en
ellas fondos que podrían pasar a nado un
niño y abismos donde se hundiría un gigante.
Podemos decir otro tanto de la Teosofía, pues entre sus enseñanzas, las
hay tan sencillas y prácticas, que una inteligencia vulgar puede comprenderlas
y aplicarlas, mientras otras son tan profundas que la más vigorosa inteligencia
desmaya en el esfuerzo de conocer todo su alcance.
El
presente volumen está destinado a ofrecer al lector una exposición sencilla y
clara de la doctrina teosófica, a mostrar que sus principios generales y sus enseñanzas
forman una concepción coherente del universo, y a suministrar los pormenores
necesarios para poner de manifiesto el encadenamiento recíproco de esos
principios y de esas enseñanzas. Una
obra clásica elemental no puede tener la pretensión de exponer toda la ciencia
acopiada en obras de más abstrusa didáctica; pero debe presentar claramente y
de una ojeada los datos fundamentales del asunto, de modo que si bien haya
mucho que añadir, haya poco que quitar.
En el cuadro que forma un libro semejante, el estudiante podrá colocar
los detalles que le sugieran sus estudios ulteriores.
Echando
una ojeada sobre las grandes religiones de la humanidad, se ve cuánto tienen de
común en ideas dogmáticas, morales y filosóficas. El hecho está universalmente reconocido; pero
su explicación se discute de modo muy diverso.
Pretenden unos que las religiones han germinado en el campo de la
ignorancia humana, donde la imaginación las cultivó, elaborándolas gradualmente
desde las formas más groseras como el animismo y el fetichismo. Sus analogías se deben así a los fenómenos
universales de la naturaleza, imperfectamente observados y explicados a
capricho. Semejante escuela da como
clave universal el culto del sol y de los astros. Para otra escuela, la clave no menos universal
está en el culto fálico. El miedo, el
deseo, la ignorancia y la admiración llevaron al salvaje a personificar los
poderes de la naturaleza, y luego los sacerdotes se aprovecharon de esos
terrores y esperanzas, transformando los mitos en Biblias y los símbolos en
hechos, mediante sus imaginaciones melancólicas y sus inquietantes contiendas;
como la base era en ambas la misma, la semejanza en los resultados era
inevitable. Así hablan los doctores de
la Mitología comparada, y bajo el peso de tal cúmulo de pruebas, las gentes
sencillas callan, aunque no queden convencidas por completo. No pueden, en efecto, negar las analogías;
pero se preguntan con vaga inquietud: Las concepciones más sublimes de los
hombres, sus más halagüeñas esperanzas, ¿sólo son el resultado de los sueños
del salvaje o de las adivinaciones de los ignorantes? Los grandes héroes y mártires de la
humanidad, todos los que han vivido, trabajado y sufrido, ¿murieron en la ilusión forjada por los
hechos astronómicos o por las disimuladas obscenidades de los bárbaros?
La
segunda explicación de la base común a las varias religiones humanas, postula
la doctrina de una enseñanza original, que indica una fraternidad de grandes
instructores espirituales. Semejantes
maestros, fruto de los ciclos pasados de la evolución, tuvieron por misión
instruir y guiar a la humanidad nacida sobre nuestro planeta. Ellos transmitieron a las razas y a las
naciones, a su vez, las verdades fundamentales de la religión bajo la forma más
adecuada a las necesidades especiales de aquellos que debían recibirlas. Según este sistema, los fundadores de las
grandes religiones son miembros de la fraternidad única, y fueron ayudados en
su misión por una pleyade de individuos un poco menos elevados que ellos,
iniciados y discípulos de grados diversos, eminentes por su intuición
espiritual, por su saber filosófico o por la pureza de su moral. Tales hombres son los que han dirigido a los
pueblos nacientes, los que los civilizaron y dieron leyes (Como monarcas los
gobernaron; como filósofos los instruyeron; y como sacerdotes los guiaron). Así
es que todos los pueblos de la antigüedad se arrogan hombres eminentes,
semidioses y héroes de los que se descubren vestigios en las respectivas
literaturas, códigos y monumentos.
Muy difícil parece negar la existencia de
semejantes hombres, en presencia de la tradición universal de los documentos
escritos aun subsistentes, y de las ruinas prehistóricas, para no citar otros
testimonios que recusaría el ignorante.
Los libros sagrados de Oriente son los más fidedignos testimonios de la
grandeza de quienes los escribieron.
¿Qué puede compararse con la sublimidad espiritual de su pensamiento
religioso, con el esplendor intelectual de su filosofía, con la amplitud y
pureza de su moral? Ahora bien; cuando
hallamos que cuanto esos libros contienen sobre Dios, sobre el hombre y el
universo, son enseñanzas substancialmente idénticas, bajo múltiple variedad
aparente, no será temerario referirlas a un cuerpo céntrico y original de
doctrina. A este cuerpo doctrinal le
damos el nombre de Sabiduría Divina, que es lo que significa la palabra griega
Teosofía.
Como
origen y base de todas las religiones, a la Teosofía no se le puede oponer
ninguna otra. La Teosofía purifica y
revela el alto significado interno de tanta doctrina adulterada por el error en
su exposición exotérica y pervertida por la ignorancia y la superstición. En cada una de esas formas se reconoce y
defiende la Teosofía, tratando también de mostrar la sabiduría que oculta.
Para
ser teósofo no hay necesidad de dejar de ser cristiano, budista o indo. Basta con que el hombre sondee profundamente
en el corazón de su propia fe, que abrace las verdades espirituales con gran
firmeza, y que comprenda sus enseñanzas sagradas con más amplio espíritu. Después de haber dado origen a las
religiones, la Teosofía las justifica y defiende; pues roca y cantera es de
donde se sacaron y extrajeron. Ante el
tribunal de la crítica intelectual viene a justificar la Teosofía las más
profundas aspiraciones y los más nobles sentimientos del corazón humano. Comprueba las esperanzas que nos forjamos
sobre el hombre y ennoblece más nuestra fe en Dios.
La
verdad de esta aserción se evidencia más cuanto más estudiamos las diversas
Escrituras santas del mundo. Algunas
selecciones operadas en el conjunto de materiales disponibles bastarán para
establecer el hecho y guiar al investigador en la búsqueda de nuevas pruebas.
Las verdades fundamentales de la religión pueden resumirse
así:
1º- La Existencia real, única, eterna, infinita e
Incognoscible.
2º-
De ella procede el Dios manifestado que desenvuelve su unidad en dualidad, y
ésta en trinidad.
3º-
De la Trinidad manifestada proceden las innumerables inteligencias
Espirituales, guías de la actividad cósmica.
4º-
El hombre, reflejo de Dios manifestado, es, por lo tanto, fundamentalmente
trino; y su “Yo” interno y real es eterno y uno con el “Yo” universal.
5º-
Evoluciona por encarnaciones repetidas, a las cuales le impele e deseo y de las
que se liberta por el conocimiento y el sacrificio, llegando a ser divino en
acto como lo ha sido siempre en potencia.
La
China, cuya civilización está reducida a estado fósil, fue poblada en otros
tiempos por los Turanios, cuarta subdivisión de la cuarta Raza Raíz que habitó
el continente de la desaparecida Atlántida y que cubrió con sus ramificaciones
la superficie del globo. Los Mongoles,
séptima y última subdivisión de la misma raza, reforzaron más tarde la población
de esa comarca, de suerte que en China encontramos tradiciones de la mayor
antigüedad, anteriores a establecimiento en la India, de la quinta raza, la
raza Aria. En el Ching Chang Ching o
Clásico de la Pureza, encontramos un fragmento de Escritura antigua de singular
belleza, donde se percibe ese espíritu de calma característico de la “enseñanza
original”. En el prólogo de su
traducción Mr. Legge dice de este tratado:
Este
libro se atribuye a Ko Yuan (o Hsuan), un Taoísta de la dinastía de Wu (222 – 227 J.C.). Se cuenta que este sabio alcanzó la condición
de inmortal y se la da generalmente este título. Se le representa realizando milagros,
entregado a la templanza y muy excéntrico en sus procedimientos.
Al
naufragar cierta vez, surgió de las aguas con los vestidos enjutos y anduvo
tranquilamente sobre las olas. Ascendió
a los cielos en pleno día. Estos relatos
pueden quizás atribuirse a invenciones de época muy posterior.
Hechos
semejantes se atribuyen con frecuencia a los iniciados de diferentes grados y
no son necesariamente puras fantasías.
Lo que Ko Yuan dice a este propósito en su libro nos interesará sin duda
mucho más:
“Cuando
alcancé el verdadero Tao, había recitado ya este Ching (libro) diez mil
veces. Es lo que practican los espíritus
celestes, y jamás fue comunicado a los sabios de este mundo inferior. Se me dio por el Jefe Divino del Hwa Oriental
quien lo había recibido del Jefe Divino de la Puerta de Oro y éste de la Madre
Real de Occidente.”
Ahora
bien; el título de Jefe Divino de la Puerta de Oro era el de un iniciado que
gobierna el imperio tolteca en la Atlántida, y su empleo parece indicar que el
Clásico de la Pureza fue llevado de la Atlántida a China cuando los turanios se
separaron de los toltecas. Esta idea la
corrobora el contenido de este tratadito que tiene por asunto el Tao,
literalmente “la Vía”, nombre que designa la Realidad una en la antigua
religión turania y mongola. Así leemos:
“El
Gran Tao no tiene forma corporal, pues El es quien ha engendrado y nutrido el
cielo y la tierra. El Gran Tao no tiene
pasiones, pero El es la causa de las revoluciones del Sol y de la Luna. El Gran Tao no tiene nombre, pero es el que
asegura el crecimiento y conservación de todas las cosas.”
Tal es el Dios manifestado como unidad; pero la dualidad
aparece enseguida:
“El
Tao (aparece bajo dos formas: el Puro y el Confuso) posee (las dos condiciones
de) movimiento y reposo. El cielo es
puro y la tierra es confusa; el cielo se mueve y la tierra está quieta. Lo masculino es puro y lo femenino es
confuso; lo masculino se mueve y lo femenino está quieto. Lo radical (Pureza) desciende, y el producto
(Confuso) se extiende en todo sentido, y así fueron engendradas todas las
cosas.”
Este
pasaje es interesantísimo, porque evidencia los dos aspectos activo y receptivo
de la naturaleza, estableciendo la diferencia entre el Espíritu generador y la
Materia criadora; distinción familiarizada posteriormente.
En
el Tao Teh Ching, la doctrina tradicional sobre lo Inmanifestado y lo
manifiesto se expresa claramente:
“El
Tao que puede suceder no es el Tao eterno e inmutable. El nombre que puede ser nombrado no es el
nombre eterno e inmutable. El que no
tiene nombre es El que ha engendrado el cielo y la tierra; el que no posee
nombre es la Madre de todas las cosas...
Bajo estos dos aspectos es idéntico en realidad; pero a medida que el
desarrollo se produce, recibe diferentes nombres. Al conjunto lo llamamos Misterio.”
Los
que estudian la Cábala recordarán uno de los Nombres Divinos: “El Misterio
oculto”. Más adelante leemos:
“Hubo
algo indefinido y completo que vino a la existencia antes que el cielo y la
tierra. Como Eso era tranquilo y sin
forma, aislado y sin cambio, se extendió por todos sitios sin peligro (de ser
agotado). Eso puede considerarse como la
Madre de todas las cosas. Eso cuyo
nombre ignoro, lo llamo el Tao. Haciendo
un esfuerzo para darle un nombre, lo llamo el Grande. Eso Grande pasa (en un oleaje continuo). Pasando, Eso se aleja. Alejado, Eso vuelve.”
Es
interesante encontrar aquí esta noción de fusión y reabsorción de la Vida-Una,
noción tan familiar en la literatura inda.
El versículo siguiente nos parece, por lo tanto, muy familiar:
“Todas
las cosas bajo el cielo han salido de Eso considerado como existente
(innominado). Esa existencia, ella mima
ha salido de Eso considerado como no existente (e innominado).”
A
fin de que el Universo pueda llegar a ser, lo Inmanifestado debe engendrar lo
Único, de donde proceden la Dualidad y la Trinidad:
“El
Tao produjo el Uno; el Uno produjo el Dos; el Dos produjo el tres; los Tres
produjeron todas las cosas. Todas las
cosas dejan tras sí la obscuridad (de donde han salido) y avanzan para abrazar
la luz (de la que emergen) en tanto que se armonizan por el soplo de vida.”
El
“Soplo del Espacio” estaría mejor traducido.
Habiendo salido Todo de Eso, Eso existe en Todo:
“El
Gran Tao penetra todas las cosas. Se le
encuentra a la derecha y a la izquierda...
envuelve todas las cosas como en un traje y no tiene la pretensión de
dominarlas. Puede nombrarse en las cosas
más pequeñas. Todas las cosas retornan
(a su raíz y desaparecen) sin saber que es El quien preside su vuelta. Puede nombrarse en las cosas más grandes.”
Chwang-ze
(400 a J.C.) en su exposición de enseñanzas antiguas, alude a las inteligencias
espirituales procedentes del Tao:
“Tiene
en sí mismo su raíz y razón de ser.
Antes que hubiera cielo y tierra, en los más remotos tiempos, existía
con toda seguridad. De El proviene la
misteriosa existencia de los espíritus y la misteriosa existencia de Dios.”
Sigue
una lista de los nombres de esas inteligencias.
Como el papel preponderante que desempeñan tales seres en la religión
china es muy conocido, creo inútil multiplicar las citas sobre el particular.
El
hombre es considerado como una trinidad, y el Taoísmo, según Mr. Legge,
reconoce en él, espíritu, inteligencia y cuerpo; división que aparece clara en
el Clásico de la Pureza, cuando se dice que el hombre debe libertarse del deseo
para unirse con el Único:
“El
Espíritu del hombre ama la pureza, pero su pensamiento le trastorna. El pensamiento del hombre ama la
tranquilidad, pero sus deseos le arrastran.
Si pudiera deshacerse constantemente de sus deseos, su pensamiento se
tranquilizaría. Si su pensamiento queda
limpio, su espíritu se purifica........ La razón por la cual los hombres son
incapaces de llegar a ese estado, estriba en que no limpian su pensamiento ni
abandonan sus deseos. Si el hombre llega
a eximirse de sus deseos, cuando mira interiormente su pensamiento no es él; cuando
exteriormente su cuerpo no es él; y cuando dirige sus ojos más lejos, hacia las
cosas de fuera, nada hay de común entre ellas y él.”
Tras
la enumeración de las etapas que conducen al estado de tranquilidad perfecta se
pregunta:
“En
ese estado de reposo independiente del lugar ocupado, ¿cómo puede surgir el
deseo? Y cuando ningún deseo surge,
entones nace la calma real y el verdadero reposo. Esta, calma real llega a ser una cualidad
constante y responde (sin error) a las cosas exteriores. Ciertamente esa cualidad real y constante
tiene en su posesión la naturaleza. En
este reposo y tranquilidad constantes se encuentra la pureza y el reposo
verdaderos. Quienquiera que posea esa
absoluta pureza entra gradualmente en el (la inspiración del) verdadero Tao.”
Las
palabras inspiración del, añadidas
por el traductor, velan más bien que esclarecen el sentido; porque entrar en el
Tao está conforme con la idea expresada
y con lo que se dice en otras escrituras sagradas.
El
Taoísmo insiste mucho en la abdicación del deseo. Un comentador del Clásico de la Pureza
observa que la comprensión del Tao depende de la absoluta pureza, y que “la
adquisición de esa pureza absoluta depende enteramente de la abdicación del
Deseo; urgente lección práctica que surge de este tratado.”
El
Tao Teh Ching dice: “Siempre sin deseos hemos de hallarnos si queremos
profundizar todo el misterio, pues poseídos por el deseo, sólo podremos conocer
lo externo.”
No
parece que la reencarnación se enseñara de modo que pudiera comprenderse,
aunque se encuentran pasajes que implican una admisión tácita de la idea
fundamental, considerando al ser a través de sucesivos nacimientos, así
animales como humanos. Chwang-ze nos
refiere la historia original e instructiva de un moribundo al que su amigo
dice:
“El
Creador es grande en verdad” ¿Qué hará de ti ahora? ¿Dónde te llevará? ¿Hará de
ti el hígado de un ratón o la pata de un insecto? Szelai respondió: Dondequiera que un Padre
diga a su hijo que vaya, al este, al oeste, al sur o al norte, el hijo
obedece... He aquí un gran fundidor ocupado en fundir el metal. Si el metal se endereza de pronto (en el
crisol) y dice “yo quiero ser un (espada
parecida al) Moijsh”, el gran fundidor encontraría la cosa seguramente extraña. Pues del mismo modo, si una forma en camino
de amoldarse gritara: “Yo quiero ser un hombre, quiero ser un hombre”, el
Creador encontraría la cosa con toda seguridad sorprendente. Una vez comprendido que el cielo y la tierra
no son sino un vasto crisol y el Creador un gran fundidor, ¿a qué parte podrá
obligarnos ir que no nos convenga?
Nacemos como de un sueño tranquilo y morimos en calmoso despertar.”
Si
pasamos a la quinta raza, la raza Aria, encontraremos las mismas enseñanzas
incorporadas a las más antigua y grande de las religiones arias: la religión
Brahmánica. La Eterna Existencia se
proclama en el Chhâdogyopanishad como “exclusivamente una y sin par”. Dice:
“Quiero eso: multiplicar para el bien del Universo.”
El
supremo Logos, Brahman, es triple: ser, consciencia y bondad; y de él se dice:
“De
Este procede la vida, la inteligencia y todos los sentidos; el éter, el aire,
el fuego, la tierra que lo soporta todo.”
En
ninguna arte se pueden encontrar descripciones más grandiosas del Ser Divino que
en las escrituras indas. Son tan
familiares que bastarán para el caso breves indicaciones. He aquí algunas muestras de esas joyas
preciosas que se encuentran con profusión:
“Manifestado,
próximo, moviéndose en lo secreto, permanece grave donde reposa todo lo que se
mueve, todo lo que respira y cierra los ojos.
Entiende que hay que adorar.
Esto, a la vez ser y no ser, lo mejor, más allá del conocimiento de
todas las criaturas. Luminoso, más sutil
que lo sutil; de El han salido los mundos con sus habitantes. Esto es el imperecedero Brahman; Esto es
también Vida, Voz y Pensamiento... En la
diadema de oro más elevado, está el inmaculado, el invisible Brahman; es la
pura luz de las Luces, conocida por los que conocen el yo... el imperecedero Brahman esta delante, detrás,
a la derecha, a la izquierda, arriba y
abajo, penetrando todas las cosas.
Brahman es en verdad Todo y lo mejor”.
“Más
allá del Universo, Brahman, el Supremo, el Grande, está oculto en todos los
seres según sus cuerpos respectivos, soplo único de todo el Universo, el Señor;
conociéndole (los hombres) se hacen inmortales.
Conozco ese Espíritu poderoso, Sol que brilla más allá de las
tinieblas... yo le conozco indestructible, antiguo, el alma de todos los seres,
omnipresente por naturaleza, el que es llamado Sin Nacimiento por los que
conocen a Brahman, a quien llaman el Eterno.”
“Cuando
no hay tinieblas ni día ni noche ni ser ni no ser, Shiva únicamente (subsiste)
todavía. Es indestructible. Debe ser adorado por Savitri; de El ha salido
la Sabiduría antigua. Ni en el principio
ni en el fin, ni en su medio puede comprenderse. No hay nada comparable a El, cuyo nombre es
gloria infinita. La mirada no puede
determinar su forma, pues no pueden contemplarla los ojos. Los que le conocen por el corazón y por la
inteligencia, moran en su corazón y se inmortalizan.”
La
idea de que el hombre en su yo interior es idéntico al yo del universo (“Yo soy
Aquél”), esa idea, impregna tan profundamente todo el pensamiento indo, que
comúnmente se designa al hombre como: “la ciudad divina de Brahma”, “la ciudad
de las nueve puertas”, y se dice “que Dios reside dentro de su corazón”.
“No
hay más que una manera de ver el Ser indemostrable, eterno, inmaculado, más
elevado que el éter, sin nacimiento, la gran Alma eterna... Esa gran Alma, sin
nacimiento, es la misma que reside como alma inteligente en todas las criaturas
vivas, la misma que mora como el éter en el corazón. ¡En él duerme! A ella están sometidas todas las cosas; es el
Soberano Señor de todas ellas. No puede acrecentarse por las buenas obras ni
disminuirse por las malas. Quien todo lo
gobierna es el Soberano Señor de todos los seres, el conservador de todos, el
puente y el soporte de los mundos que les impide caer y destruirse”
(Brihadaranyakopanishad, IV). iv. 20-22 Trad. Del Dr. E. Roer).
Cuando
se considera a Dios como Aquel que desarrolla el universo, aparece con toda
claridad su triple carácter, en Shiva, Vishnu y Brahma, o también en Vishnu
durmiendo sobre las aguas. El Loto nace
de su seno y en el Loto Brahma. El
hombre es igualmente triple según el Mundakopanishad, el yo está condicionado
por el cuerpo físico, el cuerpo sutil y el cuerpo mental, elevándose luego,
fuera de todos esos medios, en el único sin dual. De la Trimurti (Trinidad) proceden los
numerosos dioses encargados de dirigir el universo, y de ella se dicen en él:
“Adorad,
¡OH dioses!, a Aquel que, imagen del año, cumple el ciclo de sus días. Adorad esa Luz de las luces, como la eterna
vida.” (VI –iv – 16.).
Es
superfluo decir que el brahmanismo enseña la doctrina de la reencarnación, pues toda su filosofía de la existencia
descansa sobre la peregrinación del alma a través de sucesivas muertes y
nacimientos. No hay un solo libro que no
reconozca esta verdad. El hombre está
unido por sus deseos a esa rueda de cambio, y en consecuencia debe librarse de
ella por el conocimiento, la devoción y la extinción de los deseos. Cuando el alma conoce a Dios se liberta. La inteligencia purificada por el
conocimiento le contempla. El
conocimiento unido a la devoción halla la morada de Brahma. Quien conoce a Brahma, se convierte en
Brahman. Al cesar los deseos, el mortal
se hace inmortal, y alcanza a Brahma.
El
budismo, en su modalidad septentrional, está completamente de acuerdo con las
religiones más antiguas, pero en su modalidad meridional parece haber
abandonado la idea de la Trinidad Lógica, como la Existencia Una de donde esa
Trinidad procede. El Logos en su triple
manifestación se designa como sigue: Amitabha, el primer Logos, la Luz sin
límites; Avalokitershvara o Padmapani (Chenresi), el segundo; Mandjusri, el
tercero, representa la Sabiduría creadora y corresponde a Brahma. El budismo chino parece que no contiene la
idea de una existencia primera, más allá del Logos; pero el budismo de Nepal
postula a Adi-Buddha de quien Amitabha procede.
Eittel considera a Padmapani como representación de la Providencia
compasiva, y como correspondiente en parte a Shiva, pero como el aspecto de la Trinidad
budista que produce las encarnaciones.
Parece más bien representar la misma idea de Vishnu, al que está
estrechamente unido por el Loto que tiene en la mano (fuego y agua o Espíritu y
Materia como elementos primordiales del universo).
En
cuanto a la reencarnación y al Karma, son en el budismo doctrinas tan
fundamentales, que no es preciso insistir en ello sino para señalar la vía de
la liberación, y para observar que como el Señor Buddha fue un indo que
predicaba a los indos, considera en todo momento en sus enseñanzas que sus
oyentes conocen y profesan las doctrinas brahmánicas. Fue purificador y reformador, pero no
iconoclasta; atacó los errores introducidos por la ignorancia, más no las
verdades fundamentales de la Sabiduría Antigua.
“Los
seres que siguen el sendero de la Ley, que ha sido bien enseñada, alcanzan la
otra orilla del gran mar de los nacimientos y de los muertos, tan difícil de
franquear.” (Udanavarga. XXIX-37)
El deseo es lo que ata al hombre, y debe desembarazarse de
él:
“Para
el preso en las cadenas del deseo es durísimo libertarse, dice el
Bienaventurado. Los hombres constantes
que no se preocupan de la dicha conseguida por los deseos, rechazan sus lazos y
se alejan enseguida (hacia el Nirvana)...
La humanidad no tiene deseos duraderos: los deseos son transitorios en
quienes los experimentan. Libertaos de
lo perecedero y no os detengáis en el lugar de la muerte.” (Ibíd. II-6-8.)
“El
que ha extinguido el deseo de los bienes terrenos, el estado de pecado, los
lazos de la vista y de la carne, que ha descuajado el deseo, ése, digo que es
un Brahman.” (Ibíd. XXXIII-68)
Y
el Brahman es el hombre “que está en su último cuerpo”. Y se dice que está en él, quien “conoce sus
moradas (existencias) anteriores; que ve el cielo y el infierno; el Muni que ha
encontrado el medio de poner fin al nacimiento.” (Ibíd. XXXIII-55.)
En
los exotéricos libros santos hebreos, la idea de la Trinidad no surge
claramente, aunque la dualidad sea evidente, y el Dios de que se habla en ellos
sea sin duda alguna el Logos y no el único Inmanifestado:
“Yo
Soy el Señor y no hay otro; Yo he formado la luz y he creado la obscuridad; he
hecho la paz y he creado el mal; Yo soy el Señor que ha hecho todas esas
cosas.” (Is. XLVII-7.)
Filón,
sin embargo, expone claramente la doctrina del Logos; y se la encuentra también
en el cuarto Evangelio:
“En
el principio era el Verbo (Logos), y el Verbo era con Dios, y el Verbo era
Dios... Todas las cosas fueron hechas
por él; y nada de lo que fue hecho, se hizo sin él.” (
En
la Cábala está claramente enseñada la doctrina del Uno, de los Tres, de los
Siete y de los múltiples:
“El
Anciano de los ancianos, el Desconocido de los desconocidos, tiene forma y al
mismo tiempo no la tiene. Tiene una
forma sobre la que sostiene el mundo. Al
mismo tiempo, no tiene forma, puesto que no puede comprenderse. Cuando revistió en el principio esta forma
(Kether, la Corona, el Primer Logos), dejó proceder de sí nueve luces
brillantes (La Sabiduría y la Voz, que con Kether formaron la Tríada; luego los
siete Sephiroh inferiores...). Es el
Anciano de los ancianos, el Misterio de los misterios, el Desconocido de los
desconocidos. Tiene una forma que le
pertenece, puesto que se manifiesta a nosotros (a través de ella) como el
Hombre Anciano sobre todos, como el Anciano de los ancianos, y como el Supremo
Desconocido entre todos los desconocidos.
Pero bajo esa forma en la que se da a conocer sigue aún desconocido.”
(Zohar— La Cábala, por Isaac Myer, Págs.
274-275.)
Myer
indica que la “forma” no es el Anciano de todos los ancianos, que es el Ain
Soph.
Más adelante dice:
“Hay
en el Santo de Arriba tres luces que se unen en una, y son la base de la Torah,
y ésta abre la puerta a todos... ¡Venid y ved el misterio de la palabra! Aquí hay tres grados y cada uno existe por sí
mismo, y, sin embargo, todos son Uno y están unidos en Uno y no están separados entre sí... Los Tres
proceden de Uno, Uno existe en tres, es la fuerza entre Dos, Dos alimentan Uno,
Uno nutre múltiples lados, y así Todo es Uno.”
(Ibíd. 373-375-376.)
Es
evidente que los hebreos enseñaron la doctrina de la pluralidad de dioses.
“¿Quién es parecido a ti, ¡OH Señor!, entre los dioses?” (Éxodo. XV-II.). Consideraban también multitud de seres
servidores y subordinados: los “hijos de Dios”, los “Ángeles del Señor”, las
“diez cohortes angélicas”.
Sobre el comienzo del universo el Zohar enseña:
“En
el comienzo era la Voluntad del Rey anterior a toda existencia manifestada por
emanación fuera de esta Voluntad. Ella
dibujó y grabó en la luz suprema y resplandeciente del Cuadrante (Tétrada
sagrada), las formas todas de las cosas que, ocultas, debían aparecer manifestarse.” (Myer.__ La Cábala, Págs.
194-195.)
Nada
puede existir en donde la Divinidad no está inmanente. En lo que respecta a la reencarnación, se
enseña que el alma esta presente en la mente divina antes de venir a la
tierra. Si el alma permaneciese pura
durante su prueba, escaparía el renacimiento; pero esto parece que sólo fue una
posibilidad teórica, porque se dice:
“Todas
las almas están sujetas a la revolución (metempsicosis); pero los hombres no
conocen los caminos del Señor, ¡bendito sea!
Ignoran la manera cómo fueron juzgados en todo tiempo: antes de haber
venido a este mundo y después de dejarlo.”
(Ibíd., página 198).
En
las Escrituras exotéricas, así hebraicas como cristianas, se encuentran rastros
de esta doctrina, como, por ejemplo, en la creencia de la vuelta de Elías, y
más tarde en su reaparición en la persona de Juan Bautista.
Si
miramos a Egipto, encontraremos allí desde la antigüedad más remota, la
Trinidad conocidísima de Ra (el Padre); Osiris-Isis, como dualidad o Segundo
Logos; y Horus. Recuérdese el grandioso
himno a Amón-Ra:
“Los
Dioses se inclinan ante Tu majestad exaltando las almas del que las ha
engendrado... y te dicen: Paz a todas las emanaciones del Padre inconsciente de
los padres conscientes de los dioses... ¡OH Tú, productor de los seres!,
adoramos las almas que emanan de Ti. Tú
nos engendras, ¡OH Desconocido!, y te saludamos adorándote en cada alma dios
que desciende de Ti y vive en nosotros.” (Citado en La Doctrina Secreta, Vol.
III, Pág. 486, Edic. Inglesa.)
Los
“Padres conscientes de los dioses” son los Tres Logos; el “Padre inconsciente”
es la Existencia Una, llamada inconsciente porque es infinitamente más y no
menos que la limitación a la que atribuimos el nombre de conciencia.
En
los fragmentos del Libro de los muertos, podemos estudiar las concepciones de
la reencarnación del alma humana, de su peregrinación hacia el Logos y de su
unión fidelísima con El. El famoso
papiro del “escriba Ani triunfante en la paz” está lleno de rasgos que
recuerdan al lector las Escrituras de otras creencias. Tales son su viaje a través del mundo
inferior, la esperanza de restituirse a su cuerpo (forma que toma la
reencarnación en los egipcios), y en fin su identificación con el Logos:
“Osiris
Ani dice: Yo soy el Gran Uno, hijo del Gran Uno. Yo soy el fuego, hijo del fuego... He unido
mis propios huesos y me he hecho entero, sano y joven una vez más. Yo soy Osiris, el Señor de la
eternidad.” (XLIII, i, 4.)
En
el examen crítico del libro de los muertos por Pierret encontramos este
sorprendente pasaje:
“Yo
soy el Ser de los nombres misteriosos, que se prepara a sí mismo las moradas
para millones de años” (Pág. 22).
“Corazón, que me viene de mi madre, mi corazón es necesario a mi
existencia sobre la tierra... Corazón,
que me viene de mi madre, corazón que me es necesario para mi transformación” (Págs. 113-114).
En
la religión de Zoroastro encontramos la concepción de la Existencia Una,
figurada por el espacio ilimitado de donde surge el Logos, Ahura-Mazda el
creador:
“Supremo
en omnisciencia y en bondad, sin rival en esplendor, la región de la luz es la
residencia de Ahura-Mazda.” (The Bundahis. __Sacred Books of the. East V.3-4__V.2)
A
él se rinde homenaje en primer lugar en el Yasna, la principal obra litúrgica
de los zoroastrinos:
“Yo
proclamo y cumpliré mi Yasna (culto) hacia Ahura-Mazda, el Creador, el
radiante, el más grande y el mejor, el más hermoso (?) (Para nuestra
concepción), el más firme, el más sabio y aquel entre todos los seres cuyo
cuerpo es el más perfecto, el que cumple sus fines mas infaliblemente por el
orden equitativo que ha establecido; hacia el que pone nuestras almas en la vía
recta, el que irradia a lo lejos su gracia creadora de alegría, que nos ha
hecho y formado, alimentado y protegido, el Espíritu bienhechor entre todos...”
(S.
B. of the E. XXXI, Págs. 195-196.)
El
adorador rinde luego homenaje a los Ahmeshaspends y a otros dioses; pero el
Dios supremo manifestado, el Logos, no se representa aquel como
Tri-Unidad. Como entre los hebreos, hubo
en el culto exotérico la tendencia a perder de vista esta verdad fundamental. Felizmente podemos encontrar la huella de su
enseñanza originaria, aunque
desapareciera de las creencias populares.
El Dr. Haug, en su Ensayo sobre los Parsis (Vol. V de Trübner´s Oriental
series), dice que Ahura-Mazda (Aubarmazd u Hormazd) es el Ser Supremo y que de
él fueron engendradas “dos causas primordiales, que, aunque diferentes, estaban
unidas y produjeron el mundo de las cosas materiales, así como el mundo del
espíritu” (página 303).
Esos
dos principios fueron llamados gemelos y están presentes en todas las cosas,
así en Ahura-Mazda como en el hombre. El
uno engendra lo real, el otro lo no real, y estos dos aspectos se convirtieron
posteriormente en los genios antagonistas del Bien y del Mal; pero en la
enseñanza primitiva formaban evidentemente el Segundo Logos, cuyo signo
característico es la dualidad.
Lo
bueno y lo Malo son sencillamente la Luz y las Tinieblas, el Espíritu y la
Materia, los gemelos esencialmente de universo, los Dos procedentes del Uno.
Criticando
la idea posterior de los dos genios, dice el Dr. Haug: “Tal es la noción
zoroastriana original de los Espíritus creadores, que forman sencillamente dos
partes del Ser Divino. Pero
ulteriormente, a consecuencia de errores y falsas interpretaciones, esta
doctrina del gran fundador fue adulterada y llegó a corromperse. Spentomainyush (El Espíritu Bueno) fue
considerado como uno de los nombres del mismo Ahura-Mazda, y como razón
Angromainyush (El Espíritu Malo) estaba separado por completo de Ahura-Mazda,
se consideró como su perpetuo enemigo.
Así nació el dualismo de Dios y del Diablo” (Pág. 205).
La
opinión de Dr. Haug parece corroborada por el Gatha Ahunavaiti dado a Zoroastro
o Zaratushtra por los arcángeles el mismo tiempo que otros Gathas.
“En el principio había una
pareja gemela, dos Espíritus, cada uno de actividad particular, a saber: el bien
y el mal... Y esos dos espíritus unidos crearon la primera cosa (las cosas
materiales): uno la realidad, otro la no-realidad... Y para socorrer esta vida
(para acrecentarla) Armaiti acudió con sus riquezas, la inteligencia buena y
verdadera. Ella, la eterna, creó el
mundo material...
Todas
las cosas perfectas, reconocidas como los seres mejores, se recogen en la
morada magnífica de la Buena inteligencia, la Sabia y la Justa.” (Yasna, Págs.
149-151.)
Aquí
encontramos los tres Logos. Ahura-Mazda,
el primero (el principio), la Vida Suprema; en El y por El los dos gemelos, el
Segundo Logos; luego Armaiti, la inteligencia, Creador del Universo, el Tercer
Logos. Mas tarde aparece Mithra y viene
a obscurecer hasta cierto punto, en la religión exotérica la verdad
primitiva. De ella se ha dicho: “Ahura
Mazda la estableció para conservar y velar todo este universo. Nunca dormida, siempre en vela, guarda la
creación de Mazda.” (Mihir. Yast. XXVII. 103.__S.b. of the East, XVIII.)
Mithra
era un dios subordinado, la Luz del Cielo, como Varuna era el cielo mismo, una
de las grandes inteligencias directoras.
Las más elevadas de esas inteligencias fueron los seis Ahmeshaspends,
presididos por Vohuman, el Buen Pensamiento de Ahura-Mazda. Ellos son los “que administran toda la
creación material”. (S. B. of the East, V. Pág. 10, nota.)
La
reencarnación no se consigna en las obras que se han traducido hasta el
presente, y tal creencia no se encuentra tampoco en los países modernos. Pero encontramos en ellos la idea de que el
Espíritu, en el hombre, es una chispa cuyo fin es ser un día llama y reunirse
con el Fuego Supremo; lo cual implica un desarrollo para el cual es
indispensable el renacimiento. El
Zoroastrismo quedará incomprendido mientras no se hallen los Oráculos Caldeos y
los escritos que a ellos se refieren, porque realmente de ahí procede su
origen.
Yendo
hacia Occidente, hacia Grecia,
encontramos el sistema Órfico, del que Mr. G. R. S. Mead nos habla en su obra
titulada Orpheus. La inefable
obscuridad, Tres veces desconocida, tal era el nombre dado a la Existencia Una.
“Según
la teología de Orfeo, todas las cosas proceden de un principio inmenso, al que
la pobre y débil concepción humana nos obliga a designar con un nombre, aunque
sea completamente inefable. Ese
principio es, según el lenguaje referente de los egipcios, una obscuridad tres
veces desconocida, en cuya contemplación toda ciencia se convierte en
ignorancia.” (Thomas Taylor, citado en Orpheus, Pág. 94.)
De
ahí procede la Trinidad Primordial: el Bien universal el Alma universal y la
Mente universal. He aquí, pues,
nuevamente la Trinidad Lógica, Mr. Mead se expresa en los siguientes términos:
“La
primera tríada que se puede manifestar al intelecto no es sino una reflexión o
representación de lo que no puede manifestarse.
Sus hipóstasis son: a) el Bien que es supra-esencial; b) el Alma (el
alma del mundo), esencia auto-determinante; c) El Intelecto (o la
Inteligencia), que es una esencia indivisible e inmutable.” (Ibíd., Pág. 94.)
Luego
viene una serie de Triadas siempre descendentes, que con decreciente esplendor
reproducen las características de la primera hasta llegar al hombre, que
“contiene en sí mismo potencialmente la suma y la substancia del universo... la
raza de los hombres y de los dioses es una”. (Pindar, que era uno de los
pitagóricos, citado por San Clemente, Strom, v, 709.) “Por eso se ha llamado al
hombre microcosmos o mundo pequeño, para distinguirle del macrocosmos, universo
o mundo grande”. (Ibíd., Pág. 271.)
El
hombre posee el vodg (Nous) o
inteligencia real, el soloy (Logos) o
parte racional y el akoyoc (alogos) o
parte irracional; las dos primeras forman cada una Triada nueva, y presentan
así la división septenaria más elaborada.
El hombre era considerado también como poseedor de tres vehículos: el
cuerpo físico, el cuerpo sutil y el cuerpo cruciforme o auyoelong (Augoeides), que
“es el cuerpo causal o vestido Kármico del alma, donde se acumula su destino, o
mas bien todos los gérmenes de la causalidad pasada. Esta es aquí el “alma hilo”, como se le
llama a veces, el cuerpo que pasa de encarnación en encarnación”. (Ibíd., Pág.
284.)
En
cuanto a la reencarnación: “de acuerdo con todos los adeptos a los misterios en
todos los países, los órficos creían en ella”.
(Ibíd., Pág. 292.)
Mr.
Mead cita en apoyo de su aserto numerosos testimonios y demuestra que Platón,
Empédocles, Pitágoras y otros enseñaron tal doctrina. Únicamente por la virtud podían los hombres
ligarse de la “Rueda de las vidas”.
Taylor,
en las notas a sus “Obras Selectas de Plotino”, cita un pasaje de Damascio a
propósito de las enseñanzas de Platón
sobre lo que hay más allá del Uno, la Existencia In-manifestada:
“Parece,
en verdad, que Platón nos lleva inefablemente a través del Uno como
intermediario hasta lo Inefable más allá del Uno, que es actual objeto de
nuestra discusión. Llega por una
ablación del Uno, como llega al Uno por una ablación de las demás cosas... Lo
que está más allá del Uno debe honrarse con perfectísimo silencio... El Uno, en
verdad, quiere existir por sí mismo sin ningún otro. Pero lo Desconocido más allá del Uno es
absolutamente inefable, y confesamos que no podemos conocerle ni ignorarle,
aunque está recubierto por nosotros de un velo de súper ignorancia. Por consecuencia, estando próximo de Eso, el
Uno está por sí obscurecido: pues estando próximo del principio inmenso, si se
me permite decirlo así, está en cierto modo en el santuario de ese silencio
verdaderamente místico... El principio está por encima del Uno y de todas las
cosas, porque es más sencillo que cada uno de ellos” (páginas 341 – 343).
Las
escuelas pitagóricas, platónica y neoplatónica tienen tantos puntos de contacto
con el pensamiento indo y budista que es evidente su derivación de una fuente
única. R. Garbe, en su obra Die Samkhya Philosophie (III. Págs. 85-105) señala esos puntos, y su opinión puede
resumirse así:
Lo
más sorprendente es la semejanza __o mejor dicho, la identidad— de la doctrina
del Uno o del Único en los Upanishads y en la escuela de Elea. La doctrina de Xenófanes sobre la unidad de
Dios y del Cosmos y sobre la inmutabilidad del Único, y más aún la de
Parménides, que consideraba la realidad como atributo exclusivo del Único
increado, indestructible y omnipotente, mientras que todo lo que es múltiple y
está sujeto a cambio sólo es apariencia, y enseña además que ser y pensar no
son sino una misma cosa; semejantes doctrinas son completamente idénticas a la
enseñanza esencial de los Upanishads y a la filosofía Vedanta de donde se
derivan. En época más remota todavía, la
opinión de Tales, de que todo lo existente ha salido del agua, se parece
sorprendentemente a la doctrina védica, según la cual el universo salió del
seno de las aguas. Más tarde Anaximandro
adoptó como origen de todas las cosas una Substancia eterna, infinita e
indefinida de donde proceden todas las
substancias definidas y a la que vuelven; hipótesis idéntica a la que se
encuentra en el fondo de la filosofía Sankhya,
a saber, la Prakriti, fuera de la cual se desarrolla todo el aspecto material
del Universo. Y la frase célebre expresa
la opinión característica de la doctrina Sankhya de que todas las cosas se
modifican continuamente, sin cesar, bajo la actividad incesante de las tres gunas.
Empédocles, a su vez, enseño un sistema de trasmigración y evolución
idéntico en suma al Sankhya, y así su teoría de que nada puede venir a la
existencia si de antemano no existe, presenta una identidad aun más estrecha
con una de las doctrinas características de la citada filosofía.
Las
doctrinas de Anaxágoras y de Demócrito están en muchísimos puntos en íntima
conformidad con las doctrinas indas, especialmente las ideas del segundo sobre
la naturaleza y el papel de los dioses.
Lo mismo puede decirse de Epicuro, sobre todo respecto de algunos detalles. Pero sobre todo en las doctrinas de Pitágoras
encontramos más íntima y frecuente identidad en la enseñanza y en la
argumentación, y la tradición explica esas analogías diciendo que el mismo
Pitágoras visitó la India y aprendió en ella su filosofía.
En
tiempos más recientes vemos que algunas ideas notoriamente sankhyas y budistas
juegan un papel preponderante en el pensamiento gnóstico. El extracto siguiente de Lausen, citado por
Garbe (Pág. 97), nos ofrece un ejemplo:
“El
budismo, en general, establece una distinción clarísima entre el Espíritu y la
Luz, no considerando a esta última como inmaterial. Sin embargo, se encuentra también en esta religión una enseñanza que se aproxima
mucho a la doctrina gnóstica. Según esa
enseñanza, la Luz es la manifestación del Espíritu en la materia, en la que la
Luz puede aminorarse y totalmente obscurecerse.
En este último caso la Inteligencia acaba por caer en completa
inconsciencia. De la Suprema
Inteligencia se dice que no es Luz ni No-luz, ni Obscuridad ni No-obscuridad,
puesto que todas esas expresiones indican relaciones entre la Inteligencia y la
Luz, relaciones que no existen desde el origen; y únicamente cuando más tarde
la Luz envuelve a la Inteligencia, le sirve de intermediaria en sus relaciones
con la Materia. Síguese de ahí que la
Teoría budista atribuye a la Suprema Inteligencia el poder de engendrar la Luz
fuera de sí, y en esto están también de acuerdo el budismo y el gnosticismo.”
Garbe
observa aquí, que la concordancia entre los puntos examinados del gnosticismo
con los de la filosofía Sankhya, es más completa todavía que con el
budismo. Así, mientras esa manera de ver
las relaciones entre la Luz y el Espíritu pertenece a una fase muy reciente del
budismo, y no forma el carácter esencial del mismo, la filosofía Sankhya, por
el contrario, enseña con precisión y claridad que el Espíritu es Luz. Más recientemente aún, la influencia del
pensamiento Sankhya se encuentra claramente notada en los neoplatónicos, hasta
el punto de que la doctrina del Logos o del Verbo, aunque no de origen Sankhya,
revela en sus detalles que fue tomada de la India, donde tan preponderante
papel en el sistema brahmánico desempeña la concepción de Vach, el Verbo
divino.
Pasando
a la religión cristiana, contemporánea de los sistemas gnóstico y neoplatónico,
encontraremos sin esfuerzo la mayoría de las básicas enseñanzas que nos son familiares.
El
triple Logos aparece en la Trinidad. El
primer Logos, fuente de toda vida, es el Padre; el segundo, dualístico, es el
Hijo, el Dios-hombre; y el tercero, la Inteligencia creadora, él es Espíritu
Santo, que al moverse en las aguas del caos da existencia a los mundos. Luego vienen los “siete espíritus de Dios” y
las cohortes de ángeles y arcángeles.
Es
indiscutible la Existencia Una de donde todo procede y a donde todo vuelve,
cuya naturaleza nadie puede descubrir.
Pero los grandes doctores de la iglesia católica postulan siempre la
insondable Divinidad incomprensible, infinita, y, por lo tanto, necesariamente
Una e indivisible. El hombre está hecho
a “imagen de Dios”. Es, pues, triple en
su naturaleza: espíritu, alma y cuerpo.
Es la morada de Dios, el templo de Dios, el templo del Espíritu Santo;
frases que son eco fiel de la enseñanza inda.
En el Nuevo Testamento la doctrina de la reencarnación está más
fácilmente admitida que claramente enseñada.
Así, Jesús, al hablar de San Juan Bautista, declara que es Elías “que
debe venir”, haciendo alusión a las palabras de Malaquias: “Yo os enviaré a
Elías el profeta”. Y más adelante, en otro
lugar, a una pregunta acerca de que la venida de Elías había de preceder a la
del Mesías, contesta: “Elías ha venido ya y ellos no le han conocido”. Vemos a los discípulos sobrentender una vez
más la reencarnación cuando preguntan si un hombre nace ciego en castigo de sus
pecados, Jesús, en su respuesta, no rechaza la posibilidad del pecado prenatal;
se contenta con no considerarlo como causa de la ceguera en aquel caso. La frase tan notable del Apocalipsis (III.
12): “A quien venciere, le haré columna en el Templo de mi Dios, y no saldrá
jamás fuera”, se ha considerado como significativa de la liberación de la
reencarnación. Los escritos de algunos
Padres de la Iglesia abogan con mucha claridad a favor de una corriente
creencia en la reencarnación. Algunos
pretenden que enseñan únicamente la preexistencia del alma; pero semejante
opinión no me parece corroborada por los textos.
La
unidad de enseñanza moral no es menos sorprendente que la identidad de las
concepciones del universo y los testimonios de todos los que, fuera de su
prisión de carne, llegan a la libertad de las esperas superiores. Es claro que ese cuerpo de enseñanza
primordial fue confiado a guardas inteligentes que lo enseñaron en las escuelas
y formaron los discípulos. La identidad
de esas escuelas y su disciplina se evidencia al estudiar su enseñanza moral,
las condiciones impuestas a los discípulos y los estados mentales y morales a
que llegaban.
En
el Tao Teh Ching encontramos una distinción mordaz entre las diversas
categorías de estudiantes:
“Los
estudiantes de la clase más elevada, cuando oyen hablar del Tao, lo practican
sinceramente. Los de la clase media,
tanto parecen seguirle como abandonarle; y los estudiantes de la clase
inferior, cuando oyen hablar de él, se ríen grandemente.” (S. B. of East,
XXXIX. Op. cit. XLI-i).
En el mismo leemos:
El
sabio pone su propia persona la última, hallándola, sin embargo, la primera. La
trata como extraña, y sin embargo la preserva.
¿No es por carencia de fin personal y privado por lo que tales fines se
realizan? (VIII. 2.). Está desprovisto de vanidad y por eso brilla;
no tiene presunción y por eso se le distingue; no se vanagloria y se le
reconoce mérito; no se muestra suficiente y por eso adquiere superioridad; y
porque está libre de toda lucha, nadie puede luchar contra él. (XXII.2.) No hay crimen mayor que alimentar la
ambición; ni calamidad más grande que estar descontento de la propia suerte; ni
falta más gravísima que el deseo de obtener. (XLVI.2.) Para los que son buenos (conmigo), soy bueno,
y también para los que no lo son; así (todos), por ser sinceros. (XLIX.I.) El que posee abundantemente todos los
atributos (del Tao) aseméjase a un niño.
Los insectos venenosos no le morderán, las fieras no le acometerán y las
aves de rapiña no le tocarán. (LV.I.).
Tengo tres cosas preciosas que estimo y guardo con el mayor
cuidado. La primera es la dulzura; la
segunda, la economía; y la tercera, no codiciar lo de otro... La dulzura está segura de vencer aún en el
combate, manteniéndose con firmeza. El
cielo salvará al que la posee, pues (precisamente) su dulzura le protegerá
(LXVII.2-4.)
En
los indos había discípulos escogidos, considerados como dignos de instrucción
especial, a quienes el “Gurú” transmitía la enseñanza secreta, mientras que las
reglas generales de la vida moral pueden recopilarse en las Leyes de Manu. Los
Upanishads, el Mahabharata y muchos otros tratados:
“Que
se diga lo que es verdad y lo que agrada; que no se profiera ni verdad desagradable
ni falsedad agradable: tal es la ley eterna.
(Manu, IV. i38.) No haciendo mal a ningún ser
se acumulan poco a poco méritos espirituales (IV.238.) Para ese hombre dos veces nacido que no
ocasiona el menor daño a los demás seres creados, no habrá daño alguno (de
ninguna parte) el día en que se liberte de su cuerpo. (VI.40.) Aquel que sufre con paciencia las injurias,
no insulta a nadie ni se hace a consecuencia de su cuerpo (perecedero) enemigo
de ninguno. El que no responde con
cólera a la cólera, con su pensamiento fijo en el Yo buscando en el Yo su
refugio, purificados por el fuego de la sabiduría, muchos entran en mi
Ser. (Bhagavad Gita, IV. io) El supremo gozo para el yogui, cuyo manas (la
inteligencia) está en calma, cuya naturaleza pasional está apaciguada, es estar
sin pecado y ser como un Brahman. (VI.27.).
El hombre que no tiene resentimientos con ningún ser, el hombre amigo y
compasivo, sin apegos, sin egoísmos, equilibrado en el placer y en el dolor,
amante de perdón, que siempre está atento, es armonioso, y dueño de sí. Y el que ha consagrado su pensamiento (manas)
y su corazón (buddhi), ese amigo mío, me es querido en verdad.” (XII. 13-14.)
Pasemos
a Buda. Le encontramos rodeado de arhats
a quienes transmite enseñanzas secretas.
Su doctrina pública nos enseña que:
El
sabio, por la sinceridad, la virtud y la pureza, se transforma en una isla que
marea alguna puede sepultar. (Udanavarga, IV. 5) El sabio en este mundo conserva
preciosamente la fe y la sabiduría, que son sus grandes tesoros, y rechaza toda
otra riqueza. (X.9.) Quien alimente
rencor contra los que le quieren mal, jamás podrá ser puro; y en cambio, quien
no lo alimenta, pacifica a los que le odian.
Como el odio es fuente de miseria para la humanidad, el sabio no conoce
el odio. (XIII.12.). Triunfad de la ira
no encolerizándonos, triunfad del mal por el bien, triunfad de la mentira por
la verdad (XX.18.)
El Zoroastrismo enseña a loar a Ahura-Mazda. Dice:
“¿Lo
hermosísimo, lo puro, lo inmortal, lo brillante, todo esto es bueno. Honremos al espíritu bueno, al reino bueno,
la ley buena, y la buena sabiduría. (Yasna, XXXVII.) Que el contento, la bendición, la inocencia
y la sabiduría de los puros descienda a este lugar. (Ibíd., LIX.) La pureza es el mejor bien. Los dichosos son los más puros en pureza
(Ashem vohu.) Todos los buenos
pensamientos, las buenas palabras, las buenas acciones se realizan con
conocimiento. Todos los malos pensamientos,
las malas palabras, y las malas acciones se realizan sin conocimiento. (Mispa Kumata.)” (Extractos del Avesta en
Ancient Iranian and Azoroastrian Morals, por Dhunjibhoy Jamsetji Medhora.)
Los
hebreos tuvieron sus “escuelas de profetas” y en su Cábala y obras exotéricas
encontramos las enseñanzas morales aceptadas:
“¿Quién
subirá la cuesta del Señor y se mantendrá en su santo lugar? El que tenga limpios el corazón y las manos,
el que no esté henchido de vanidad ni jure en falso (PS. XXIV.3, 4.) ¿Qué exige de ti el Señor, sino obrar
justamente, ser misericordioso e ir humildemente con tu Dios? (Mich VI.8.) Los
labios de la verdad se afirmarán para siempre, pero una lengua embustera sólo
durará un instante. (Prov. XII. 19.) ¿Por ventura no es ésta la abstinencia que
escogí? : rompe las ataduras de impiedad, desata los pesados haces, despacha
libres a aquellos que están quebrantados y quebranta todo yugo. Parte con el hambriento tu pan y a los pobres
y peregrinos mételos en tu casa; cuando vieres al desnudo cúbrelo y no
desperdicies su carne (Is. LVIII. 6,7.)”
También
el maestro cristiano tenía enseñanzas secretas para los discípulos y les hacia
esta recomendación: “No arrojéis a los perros lo que es sagrado, ni echéis
margaritas a los puercos.” (Mat.VII.6.)
Para la enseñanza pública podemos tomar las bienaventuranzas del Sermón
de la Montaña así como los siguientes preceptos:
“Más
yo os digo: Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen, y
rogad por los que os persiguen y calumnian...
Sed, pues, perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto.
(Mat.V. 44, 48.) El que halle su alma
la perderá, y el que perdiere su alma por mí la hallará. (X.39.). Cualquiera, pues, que se humillare como este
niño éste es el mayor en el reino de los cielos. (XVIII.4.) Mas el fruto del espíritu es: caridad, gozo,
paz, paciencia benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia,
continencia, castidad. Contra esas cosas
no hay ley. (Galátas. V.22, 23.) Amaos
los unos a los otros, porque el amor viene de Dios y quien ama nace de Dios y
le conoce. (Juan, IV.7.)
La
escuela de Pitágoras y la de los neoplatónicos perpetuaron la tradición en
Grecia. Sabemos que Pitágoras adquirió
parte de su saber en la India, así como Platón estudió y fue iniciado en las
escuelas de Egipto. De las escuelas
griegas tenemos informaciones muy precisas, más que de otra alguna de la
antigüedad. La de Pitágoras tenía
discípulos juramentados de una parte, y de otra una disciplina externa. El círculo interior pasaba por tres grados en
cinco años de prueba. (Para más detalles, véase Orpheus, de G. R S. Mead, Págs.
263 y siguientes) La disciplina externa
se describe así:
“Es menester ante todo entregarnos a Dios por completo. Cuando un hombre reza, no debe pedir ningún
beneficio particular, plenamente convencido de que recibirá lo que es justo y
conveniente, según la sabiduría divina y no según el interés egoísta de sus
deseos. (Diod. Sic. IX.4i.) Únicamente por su virtud llega el hombre a la
bienaventuranza, y esto es privilegio exclusivo
El matrimonio no era unión animal, sino lazos espirituales. Por eso, a su vez, la mujer debía amar al
esposo más que a sí misma y obedecerle en todo.
Es interesante hacer notar que los mejores caracteres de mujer que nos
presenta la Grecia antigua, fueron formados en la escuela de Pitágoras, los
mismos que los
Todo
pitagórico estaba ligado por su palabra, debiendo, en fin, vivir el hombre de
tal modo que estuviese dispuesto a morir en cualquier instante (Hipólito.
Filos, VI. — Ibid. P. 263-267.)
Interesante
es la manera cómo se consideran las virtudes en las escuelas
neoplatónicas. Se establece en ellas
clara distinción entre la simple moralidad y el desarrollo espiritual. En otros términos, como dice Plotino, “el fin
no está en ser inmaculado, sino en llegar a Dios”. El primer grado consistía en hallarse sin
pecado al adquirir las “virtudes cívicas”, que hacen al hombre perfecto en su
conducta (las virtudes físicas y éticas formaban los grados inferiores); la
razón dirigía y embellecí entonces a la naturaleza irracional. Luego venían las “virtudes catárticas”
propias de la razón pura, libertadoras de los lazos de la generación; después
las “virtudes teóricas”, que elevaban el alma al contacto de las naturalezas
superiores a la suya; y finalmente las
“virtudes paradigmáticas”, que le dan a conocer el verdadero ser.
“Síguese
de ahí que el que obra según las virtudes cívicas es un hombre justo, pero el
que obra por las virtudes catárticas únicamente es un hombre demoníaco, o mejor
un buen demonio. El que obra por las
virtudes teóricas, ése es un Dios; y el que lo hace según las virtudes
paradigmáticas, ése es el Padre de los dioses”.
(Nota en La Prudencia intelectual, p.325-332.)
Gracias
a diversas prácticas, los discípulos aprendían a abandonar su cuerpo para
elevarse a regiones superiores. Como una
hierba se saca de su vaina, el hombre interior debía deslizarse de su cubierta
exterior o corporal. El “cuerpo
luminoso” o “cuerpo radiante” de los indos es el “cuerpo fusiforme” de los
neoplatónicos, el en que el hombre se eleva para encontrar el yo, “que no puede
percibirse ni por el ojo ni por la palabra ni por los demás sentidos
(literalmente, Dioses), ni por la autoridad ni por los ritos religiosos. Sólo por la sabiduría serena, por la pura
ciencia, se puede ver, en la meditación, al Único Indivisible. Ese yo sutil lo conocerá la inteligencia en
que la quíntuple vía (los sentidos) esté dormida. La inteligencia de toda criatura está invadida
por esas vías, pero en cuanto se purifica, se manifiesta el Yo en ella”. (Mundakopanishad, III. II, 8, 9.)
Sólo
entonces puede entrar el hombre en la región donde la separación no existe,
donde las “esferas han cesado”. G. R. S. Mead, en su introducción a Plotino de
Taylor, cita un pasaje de Plotino en que
describe una región que es evidentemente el Turîya de los indos.
“Ven
igualmente todas las cosas, no las sometidas a la generación, sino aquellas en
que reside la esencia. Se ven a sí
mismos en las demás. Todo es diáfano en
ese lugar, nada obscuro ni resistente, y todo se ve por cada uno interiormente
y de parte a parte. Como la luz
encuentra en todas partes la luz, pues cada cosa contiene en sí todas las
cosas, ve igualmente todo en cada una.
De suerte que todas las cosas están en todas pares y que todo es
todo. Del mismo modo cada una es
todas. El esplendor en ese lugar es
infinito. Porque todo allí es grande,
incluso lo pequeño. El sol en ese sitio
es al mismo tiempo todas las estrellas y cada una es a su vez el sol y todas
las demás. En cada una, sin embargo,
predomina una cualidad diferente, pues al mismo tiempo todas las cosas son
visibles en cada una. Igualmente, en ese
lugar, el movimiento es puro, porque el movimiento no esta trastornado por un
motor que difiera de él mismo” (p. LXXIII).
Descripción
totalmente insuficiente, porque ésa es una región que ningún idioma humano
puede describir. Únicamente quien tuvo
los ojos abiertos, pudo trazar esas líneas.
Las
concordancias que existen entre las religiones del mundo llenarían seguramente
un gran volumen; pero el imperfecto esbozo que precede debe bastar como
prefacio al estudio de la Teosofía, y como introducción a esta nueva y completa
exposición de las verdades antiguas que alimentaron al mundo. Todas esas semejanzas revelan una fuente
única, y esa fuente es la Hermandad de la Logia Blanca, la Jerarquía de los
Adeptos que velan por la humanidad y la guían en su evolución. Ellas han conservado constantemente intactas
esas verdades, y de cuando en cuando, según las necesidades de las épocas, las
revelaron a los hombres. Frutos de
mundos más elevados, de humanidades anteriores, productos de una evolución
análoga a la nuestra __evolución que nos parecerá más inteligible a completar
nuestro estudio— han venido en auxilio de nuestro globo, y desde los primeros
tiempos hasta el presente, asistidos por la flor de nuestra humanidad, le han
prodigado sus cuidados. Hoy también
instruyen a discípulos ardorosos y los guían por el estrecho sendero. Hoy también puede hallarlos quien los busque,
llevando en la mano, como ofrenda inicial, la caridad, la devoción, el deseo
desinteresado de saber a fin de servir.
Hoy también ordenan la antigua disciplina y descubren los antiguos
misterios. Las dos columnas de la Logia
Blanca son el Amor y la Sabiduría, y a través de su angosta puerta pueden pasar
únicamente los que han desembarazado sus espaldas del fardo del deseo y del
egoísmo.
Larga
tarea nos aguarda. Comenzando por el
plano físico, subiremos lentamente la escala del mundo; pero antes de entrar en
este pormenorizado estudio, nos podrá ser útil echar una ojeada a vista de
pájaro sobre la evolución y su objeto.
Antes
que comenzara a existir nuestro sistema, un Logos lo concibió todo en su
inteligencia. Todas las fuerzas, todas
las formas, todas las cosas que, cada cual a su hora, surgirán a la vida
objetiva, todo está primeramente como idea en el pensamiento divino.
El
Logos trazó entonces la esfera de manifestación en cuyo interior quería
desplegar su energía; y se limitó a sí mismo para ser la vida de su Universo.
A
medida que observamos, vemos dibujarse gradualmente siete zonas sucesivas de
diferente densidad. Siete grandes regiones aparentes, en cada una
de las cuales nacen centros de energía, torbellinos de substancia cósmica que
se separan entre sí. En fin, la separación
y a condensación se efectúan, al menos en lo que respecta a nuestro sistema
actual, y vemos ante los ojos un sol central, símbolo físico del Logos, y siete
grandes cadenas planetarias, compuestas cada una de siete globos. Si limitamos ahora el campo de observación a
la cadena de que forma parte nuestro mundo, la veremos recorrer oleadas
sucesivas de vida, formando los reinos de la naturaleza: primero los tres
reinos elementales; luego los reinos mineral, vegetal, animal y humano. Limitando nuestra mirada al globo terrestre y
a las regiones que le rodean, observaremos la evolución humana, y veremos al
hombre desenvolver su sí mismo su propia conciencia por medio de larga serie de
ciclos vitales.
Concentrando,
en fin, nuestra mirada en un solo individuo, podemos seguir su
crecimiento. Veremos que cada ciclo de
vida contiene una triple división, y que está unido a todos los ciclos pasados
cuyos resultados cosecha, y a todos los ciclos futuros, cuyos gérmenes siembra,
por ley ineludible. De suerte que el hombre
puede subir la pendiente en cada ciclo vital contribuyendo a elevarse en
mayor grado de pureza, de devoción, de
inteligencia y de utilidad, hasta llegar donde están los que llamamos Maestro,
prontos a satisfacer a sus hermanos menores la deuda contraída con los
Mayores.
Acabamos
de ver que la fuente de que todo universo procede es un Ser Divino manifestado,
al que la Sabiduría Antigua, bajo su forma moderna, da el nombre de Logos o
Verbo. Este nombre está tomado de la filosofía griega; pero expresa
perfectamente la idea antigua:
La
palabra salida del Silencio,
La Voz, el Sonido por
el que los mundos surgen a la existencia...
Echemos
desde luego una ojeada sobre la evolución del “espíritu—materia”, a fin de comprender
mejor la naturaleza de los materiales que nos ofrece el plano del mundo físico.
La posibilidad misma de la evolución yace en las potencialidades sumergidas y
ocultas en el espíritu—materia de ese mundo físico. Todo el proceso de la
evolución es un desarrollo gradual, espontáneamente impelido desde el interior
y solicitado exteriormente por seres inteligentes que pueden retardar o
acelerar la evolución, sin sobrepujar nunca la norma de las capacites
inherentes a los materiales. Es, pues,
necesario que nos formemos idea de esas etapas primordiales de llegar a
Ser universal; pero como la tentativa de una dilucidación detallada nos
llevaría más allá de los límites que nos impone este tratado elemental, debemos
contentarnos con una breve exposición.
Saliendo
de las profundidades de la Existencia Una, del inconcebible e inefable Uno, un
Logos se impone a sí mismo un límite, circunscribiendo voluntariamente la
extensión de su propio ser, para determinarse en el Dios Manifestado. Al
trazarse el límite de su esfera de actividad, delimita también el área de su
universo; y en esta esfera nace, evoluciona y muere este universo que en el
Logos vive, se mueve y encuentra su ser. La materia del universo es la
emanación del Logos, y las fuerzas y las energías del universo son las
corrientes de su vida. Es inmanente y penetrante en cada átomo, y sostén donde
se desarrollan todas las cosas. Es el principio y el fin, la causa y el objeto,
el centro y la circunferencia. Es el fundamento inquebrantable sobre lo que todo
respira. Esta en todas las cosas y todas están en él. Él. He aquí lo que los guardianes de la Sabiduría
Antigua nos han enseñado sobre el origen de los mundos manifestados.
Por
la misma fuente sabemos que el Logos se desarrolla en sí mismo, de sí mismo, en
una triple forma.
El
primer Logos, fuente del ser.
De
el procede el segundo Logos, manifestando un doble aspecto, vida y forma,
principio de dualidad; los dos polos de la naturaleza ante la cual se tejerá la
trama del universo:
VIDA- FORMA,
ESPIRITU- MATERIA, POSITIVO-NEGATIVO, ACTIVO RECEPTIVO, PADRE-MADRE DE LOS
MUNDOS
En
fin, el tercer Logos, inteligencia universal, en la que existe el arquetipo de
toda cosa y es fuente de los seres, manantial de las energías formadoras y
tesoro donde están almacenadas todas las formas ideales que se han manifestado
y elaborado en la materia en los planos inferiores durante la evolución del
universo.
Estos
arquetipos son fruto de los universos pasados, transmitidos para servir de
germen al universo presente.
La
manifestación fenoménica de un universo cualquiera, en espíritu y materia, es
finita como extensión y transitoria como duración. Pero las raíces del espíritu
y la materia son eternas.
Un
profundo escritor ha dicho que el Logos percibe la raíz de la materia
(MULAPRAKRITI) como velo que cubre la Existencia Una, el Supremo Brahman
(Parabrahman) según la denominación antigua.
El
Logos se reviste de ese velo para producir la manifestación.
Se
sirve del como de limite voluntariamente impuesto únicamente para hacer posible
su actividad y del toma la materia para elaborar esos universos, siendo la vida
animación que guía y rige toda forma.
(Por esto ciertos libros sagrados de Oriente le llaman El Señor de Maya,
porque Maya o ilusión es el principio de la Forma. La forma se considera como
ilusión a consecuencia de su naturaleza transitoria y de sus perpetuas
transformaciones. La vida expresada bajo el velo de la forma es, al contrario,
la realidad.)
De
lo que pasa en los planos más elevados del universo, el séptimo y el sexto, no
podemos tener sino muy vaga idea. La energía del Logos, al moverse en un
torbellino de inconcebible rapidez, “abre agujeros en el espacio”, en la raíz
de la materia; y ese remolino de vida limitado por una envoltura perteneciente
a Mulaprakriti, forma el átomo primordial. Los átomos primordiales y sus
agrupaciones diversas, diseminados en todo el universo, forman todas las
subdivisiones del espíritu—materia del sétimo plano, una parte de esos
innumerables átomos primordiales determinan torbellinos en el seno de agregados
más densos de su propio plano. El átomo primordial, revestido así de una
cubierta de espirales constituidas por combinaciones más densas del séptimo
plano, viene a ser el último elemento de espíritu—materia, es decir, el átomo
del sexto plano. Los átomos del sexto plano, con la infinita variedad d
combinaciones que forman entre sí, constituyen las diversas subdivisiones del
espíritu—materia del sexto plano cósmico. Y el átomo del sexto plano, a su vez,
determina un torbellino en el seno de los agregados más densos de su propio
plano, y con esos agregados más densos como envoltura, viene a ser lo más sutil
de espíritu—materia, es decir, el átomo del quinto plano. El mismo proceso se
repite luego para formar sucesivamente el espíritu—materia de los planos
cuarto, tercero, segundo y primero. Tales son las siete grandes regiones del
universo, al menos en lo que concierne a su constitución material. Por
analogía, podremos formarnos una idea más clara de ello, cuando comprendamos
perfectamente las modificaciones del espíritu—materia de nuestro propio mundo
físico. (El estudiante encontrará esta concepción más clara si considera los
átomos del quinto plano como Atma, los del cuarto como Atma envuelta en la
substancia de Buddhi, los del tercero como Atma envuelto en la substancia de
Buddhi Manas y Kama; y los del segundo plano como Atma envuelta en la
substancia de Buddhi Manas Kama y Sthula. Sólo la cubierta externa es activa en
cada plano; pero los principios internos, aunque latentes, no dejan de estar
presentes y prontos a despertar a la vida activa en el arco ascendente del
ciclo de la evolución)
Él
término espíritu- materia se emplea con objeto de significar que no hay materia
muerta.
Toda
materia es viva y las partículas más pequeñas tienen vida.
La
ciencia afirma con verdad al decir “no hay fuerza sin materia ni materia sin
fuerza”
La
fuerza y la materia están unidas por indisoluble lazo a través de todas las edades de la vida del universo y
nada puede separarlas.
La
materia es la forma y no hay forma que no exprese vida; el espíritu es vida, y
no hay vida que no este limitada por una forma.
TAMBIEN
EL LOGOS,
EL
SEÑOR SUPREMO, TIENE EL UNIVERSO POR FORMA,
MIENTRAS DURA LA MANIFESTACION.
La
involución de la vida del Logos como fuerza animadora de cada partícula y su
envolvimiento sucesivo en el espíritu- materia de los diferentes planos, de
suerte que los materiales de cada uno, además de las energías que le son
propias, contienen en estado latente u oculto todas las posibilidades de forma
y de fuerza pertenecientes a los planos superiores, esos dos hechos evidencian
la evolución cierta y dan a la mas ínfima partícula las potencias que,
gradualmente transformadas en poderes activos la capacitan para entrar en las
formas de seres mas elevados. La evolución puede resumirse así en una sola
frase, diciendo que”:
Es
el tránsito de las potencias latentes al estado de poderes activos”.
La
segunda gran oleada de evolución, la evolución de la forma del yo—conciencia,
se examinarán más adelante.
Estas
tres corrientes de evolución que pueden observarse en la tierra con relación a
la humanidad; fabricación de materiales, construcción de la casa y desarrollo
del ser que vive en ella, o mejor, según los términos antes empleados,
evolución del espíritu –materia, evolución de la forma y evolución del yo –
conciencia.
Si el lector puede fijarse puede en esta idea,
se obtendrá una indicación precisa y útil para guiarse a través del laberinto
de los hechos.
Podemos
pasar ahora al examen detallado del plano físico, en el que nuestro mundo
existe y al que pertenece nuestro cuerpo carnal.
Lo
que ante todo nos llama más la atención cuando examinamos los materiales de
este plano, es su inmensa diversidad.
Los
objetos que nos rodean son de variedad infinita, minerales, vegetales,
animales, todos difieren en su constitución.
Además
la materia dura o blanda, transparente u opaca, tenaz o maleable, dulce o
amarga, agradable o nauseabunda, coloreada o incolora. De esa conjunción
surgen, como clasificación fundamental los tres grandes estados generales de la
materia: sólido, líquido y gaseoso.
Un
examen más atento nos muestra que los sólidos, líquidos y gases están
constituidos por combinaciones de cuerpos simplicísimos, llamados por los
químicos elementos, que también pueden existir en estado sólido, líquido y
gaseoso sin intercambiar de naturaleza.
Así
el elemento químico oxigeno entra en la composición de la madera formando con
algunos otros elementos las fibras leñosas sólidas; existe igualmente en la
savia, formando con otros elementos una combinación líquida, el agua; y
finalmente subsiste por sí mismo como gas.
Bajo
estas tres condiciones es siempre oxigeno, y puede además reducirse de estado
gaseoso a liquido y de este al sólido sin dejar de ser oxigeno puro; y lo mismo
ocurre con los demás elementos.
Obtenemos así tres subdivisiones o estados de la materia en explano físico: los sólidos, los líquidos y los gases. Obtenemos así tres subdivisiones o estados de la materia en el plano físico: los sólidos, los líquidos y los gases. Prosiguiendo nuestra indagación encontramos un curto estado, el éter; e investigaciones todavía más minuciosas nos enseñan que el éter existe bajo cuatro estados tan claramente definidos como los estados sólido, líquido y gaseoso. Tomemos el oxígeno como ejemplo. Así como puede reducirse del estado gaseoso al líquido, y de esta al sólido, también puede elevarse a partir del estado gaseoso, a través de los cuatro estados etéreos, de los que el último está constituido por el último átomo físico. Cuando este átomo físico se descompone, la materia abandona por completo el plano físico